Como en teoría vine a Colombia de vacaciones de verano y toooooda mi ropa se quedó en Alicante; me emocioné bastante cuando el Metro de Medellín hizo un concurso cuyo premio era 1’500.000 pesos en bonos de compra de centros comerciales. Es mío, pensé… y me dediqué en cuerpo y alma a escribir cuentos de 100 palabras (bueno, me dediqué a ello un par de horas).
La idea era conmemorar los 15 años del sistema de transporte masivo, supuse que lo mejor sería narrar escenarios primaverales y optimistas que vendieran la idea bella de Medellín (maldito pensamiento marketinero Fundesemiano!). El cuento que ganó se trata de una niña que espera pacientemente que llegue su mamá en el Metro, pasan muchos vagones y en ninguno viene su madre, finalmente le pregunta a un vigilante a qué hora llega el tren con las mamás que se fueron para el cielo.
¿Le pareció bonito? a mí no me hizo ninguna gracia que le dieran el premio a un cuento de una mamá muerta cuando yo me rebané los sesos intentando hacer a un lado mis escenarios Tarantinescos con vísceras repartidas en los rieles.
De modo que como nadie me dio nada y me quedé con las ganas del despilfarro monetario en ropita, aquí le copio los cinco cuentos con los que no me gané el concurso. (un par de ellos son basura pero que más dá…)
EL PAYASO
La gente lo mira expectante, -hacé alguna gracias pues!- lo acosa una mujer mientras le señala a su nieto con ese gesto de mamá paisa que usa los labios fruncidos en perfecta armonía con el mentón hacia adelante para señalar cualquier cosa.
Como si fuera la orden de su propia madre, el colorido hombre pone manos a la obra y le saca un par de sonrisas al chico.
Sube al metro con dificultad; encima el enorme traje y esos zapatotes rojos que siempre sacan de quicio a los agentes de seguridad por esa manía de pasarse de la línea amarilla.
MI JURAMENTO
Tenía 17 años cuando la vi subir en mi vagón con esa flor en el pelo y el olor a chocolate caliente que se desprendía de su ropa cada que se estiraba tratando de sacudirse el madrugón.
Todos los días la veo; son ya tres lustros llegando al trabajo una hora antes sólo para verla en la mañana y sufriendo en diciembre porque no se le ocurra mudarse y deje de verla el próximo enero.
De dónde sos princesa vos y tu olor dulce y tus ojos gigantes.
Juro que en la próxima estación le pido el teléfono… hoy sí.
¡QUINCENA!
Mercaíto y regalo pa’ la mamá, sacar pasaporte, cervecita en Plaza Botero, sacar el pase, subir a Santa Elena pa’ ver hacer las silletas.
-Estación Poblado-
Sacar pasaporte, cervecita en Plaza Botero, sacar el pase, subir a Santa Elena pa’ ver hacer las silletas.
-Estación Alpujarra-
Cervecita en Plaza Botero, sacar el pase, subir a Santa Elena pa’ ver hacer las silletas.
-Estación Parque Berrío-
Sacar el pase, subir a Santa Elena pa’ ver hacer las silletas.
-Estación Caribe-
Subir a santa Elena pa’ ver hacer las silletas.
-Estación Acevedo-
Nota mental: Mañana Estación San Antonio comprar chaqueta abrigadita.
BIENVENIDO A MEDELLÍN
-¡Primavera!, ¡siempre es primavera!- Le explica un hombre con más bigote que nariz a un joven que pasitico le preguntaba por la estación.
Eso luego de decirle Estación Acevedo, antes de una breve explicación del joven: -no, no… estación verano, otoño, invierno…-
El joven sonríe por la frase de la eterna primavera, levanta la ceja un poquito incrédulo y se despide con la mano. -¡Chao gringo!- le grita emocionado el paisa con bigote.
Ese día el gringo se vistió fresquito, se asoleó y comió raspao por la mañana, corrió bajo la lluvia y se tomó un tintico en la tarde.
UN ELEFANTE EN EL METRO
El elefante pasa desapercibido por debajo de la registradora sin pagar la entrada al Metro.
Baja las escalas cauteloso y obediente se detiene en la pasarela sin rebasar la línea amarilla.
Ya dentro del vagón quiere caminar por las ventanas como siempre y hacer ruidos de elefante mientras trepa por los tubos y los asientos, siempre respetuoso de los ancianos que lo miran por detrás de sus gafotas y sonríen.
El niño mete la mano al bolsillo y saca el elefante morado, emite un par de graznidos y lo pone a trepar por el bolso de su mamá.